Ad Astra

Tuve muchos nombres que ya nadie recuerda

Downton Abbey es una serie que hace 5 minutos no conocía y que, leído lo leído, no tengo ningún interés en ver. En The Guardian hay un artículo sobre la misma del que me ha llamado la atención este párrafo:

And let’s not kid ourselves that what we’re broadcasting to the world here is great drama. What we’re actually exporting is nostalgia, an unhealthy obsession with class, and a peculiarly dusty form of conservatism. It turns out that people can’t get enough of these things.

Las negritas son mías. Serie con ambientación de época (ya sabemos el éxito que tienen en todas partes ese tipo de relatos) y en la que se destila nostalgia conservadora por una época dorada (de lo británico, en este caso concreto).

Lo cual me lleva a pensar la obsesión estadounidense por filmar películas y series ambientadas en las décadas de 1930-60 del siglo pasado: ese momento en el que eran líderes absolutos del mundo, más aún tras el final de una segunda guerra mundial que dejó a Europa cubierta de cenizas y a Rusia muy cauta ante la desventaja militar (nota: bomba atómica) adquirida y de la que tardó una larga década en reponerse parcialmente.

Por azar vi un episodio de Treme que ya había visto. De hecho, que ya vi varias veces (el primero de la primera temporada). En realidad, sólo he visto la primera temporada, y me encanta. Y sin embargo, no ardo en deseos de ver las siguientes, es como que diera algo de miedo que rompan una historia tan bien contada, estirándola más allá de lo necesario para complacer a los índices de audiencia. Ah, me parece razonable que lo hagan (tienen que ganar dinero, sobre todo si quieren seguir gastando en vestuario y casting para hacer Juego de Tronos), pero me da la impresión de que aunque podría ver esa primera temporada muchas veces, quizá prefiero no ver las siguientes. Quizá me estoy perdiendo cosas, quién sabe. Y todos los modernos que van de sensibles y no la han visto (o peor aún, la vieron y no les gustó) son unos impostores.

Uno de los clichés nacionalistas del mundo audiovisual español pasa por vanagloriarse de la altísima calidad de los doblajes que se hacen. «Tenemos (sic) los mejores actores de doblaje del mundo», dice quien por alguna dudosa metonimia se convierte en dueño y compadre de una serie de personas a las que no conoce de nada. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que es una tontería de magnitudes mastodónticas. Sandeces, estupideces. Rubbish, que se diría al otro lado del canal de la mancha.

Aquí traigo un ejemplo. Hace unas semanas me reenganché a los Soprano (hace un año y pico vi dos temporadas y media, para luego parar debido a imponderables y dejarlo en barbecho todo este tiempo). Esta noche, un capítulo de mediada la cuarta temporada ha dado problemas y a falta de un par de minutos se ha quedado bloqueado, así que he tenido que buscar una solución para ver ese par de minutos en alguna parte, y lo he encontrado online sin mucha dificultad. Eso sí, doblado al español.

Qué dolor de oídos. ¿Qué clase de director artístico escucha una voz que parece salir de la garganta de un Tom Cruise guaperas, seductor, y veinteañero y piensa «ésta es la voz de Tony Soprano (cuarenta y tres, rudo como él sólo) en español»? ¿Qué clase de profesional del doblaje propone una voz como ésa y se queda tan ancho?

Han sido los dos minutos más desastrosos de las cuatro temporadas que llevo vistas. Ah, la gran industria española del doblaje, «la mejor del mundo». Y para colmo hay quien te lo dice convencido de ello. Convencimientos estúpidos, claro, ya lo dijo Shaw.

En el blog que HBO dedica a Juego de Tronos encontramos una perla acerca de la gestión empresarial:

“as much of an emotionally abusive father Tywin Lannister is, if he ran a corporation, who wouldn’t want to invest?”

Qué moderno es que tu empresa sea dospuntocero, y moderna, y social, y horizontal, y todo eso que algunos llaman humo cuando deberían llamarlo smog, dado su carácter tóxico. Al final, no obstante, lo que cuenta es el balance de resultados de la mencionada empresa. Es lo único que garantiza a futuro todo lo que la misma genera, empleos incluidos (claro). Si bien comandar una familia con la misma mano de hierro (al estilo Tywin) es, seguramente, llevar las cosas demasiado lejos.