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La inflación en la calificación de las universidades privadas

A lo largo de la segunda mitad del s. XX, la nota promedio en las universidades han sufrido inflación. El efecto se ha notado muchísimo más en las privadas:

Inflación en la nota promedio

El efecto de esto es que la nota se ha devaluado: ahora, señores, regalan las matrículas; sobre todo en las privadas. Más aún, en años más recientes, la inflación es aún más acentuada:

Inflación notas 2007

Está claro que hay grandes universidades privadas, pero que la mayoría son puras cadenas de montaje para niños malos de familias bien que dejarán de pagar si éstos no consiguen la nota necesaria para llegar a donde sea que quieren llegar, aunque por esfuerzo quizá no se lo merezcan.

Y no es algo nuevo ni que no se supiera: contra todos los que nos criticaban, recuerdo haber defendido la selectividad a mis diecisiete años. En aquella época, era lo único que defendía a los niños de institutos públicos si querían entrar a una carrera que estuviera muy cotizada.

Existe un problema de incentivos: las Universidades no deberían estar incentivadas a subir artificialmente la nota de sus alumnos. Pero supongo que sin auditoría post-graduación ni estudios (en los que, por otra parte, no entrarían voluntariamente ni a punta de pistola) tampoco hay manera de frenarlo. Uno se acuerda de Joanna Rutkowska en estos momentos y recuerda lo primitivo (y limitado) que es el sistema de notas para validar los conocimientos de una persona.

6 respuestas a «La inflación en la calificación de las universidades privadas»

Tengo un amigo que defendía que la Selectividad era una prueba de madurez, y creo que tenía razón (hablo en pasado porque lo hablábamos entonces). Además, como dices, de alguna manera igualaba. La universidad -y trabajo en una- tiene complicado situarse en el siglo en el que vie, en primer lugar porque son macro instituciones en un siglo cuyo estampado queremos sea de alegre y diverso moteado, y en segundo porque está secuestrada por la lógica del management en su gestión. Eso sin entrar a hablar de política, claro.

Sip, yo trabajé en una durante años y es verdad que veo complicado esa adaptación de la institución al siglo en que vive. El tema es que ahí fuera hay alguien valorando las notas académicas como si dieran información sobre algo, cuando lejos de ser así (siempre supimos que las notas no eran el principal indicador, sino el necesario cuantitativo) parece que las notas han sido «hackeadas». Al colocarlas, de forma reduccionista, en el centro de la toma de decisión a la hora de contratar o ascender a alguien, se convierten en objeto de deseo… y como es un parámetro tan limitado, el hackeo es fácil.

En la última universidad donde trabajé: San Pablo CEU, había un incentivo para calificar bien a los alumnos. Los profesores dependiamos en parte de su calificación para ascender en nuestras carreras. Como había calificación continua, si los calificabas bien, te calificaban bien.
Es evidente que el profesor que enseña es siempre juez y parte en la calificación. Siempre defendí que la calificación debería ser externa al sistema de enseãnza: cuando se ponen en juego vidas es así, ya sea un simple examen de carnet de conducir o un MIR para médicos en España.
Por otra parte, quienes seleccionan saben que las notas de una carera no correlaciona lo más mínimo con la valía de un candidato a puesto de trabajo.

Sí, la selectividad como concepto siempre ha tenido sentido: aquí teníamos el discursito de siempre que sostenía que el hijo del obrero por ser de obrero tenía que ir a la universidad por pelotas. Cuestión heredada de que la Universidad española, poco proclive a la investigación real, a la generación y transmisión de saber, era una forma de cualificar a señoritos o para ser señoritos: vamos, te hacías abogado, una oposición y plaza en propiedad. O sistemas educativos irracionales – las ingenierías – que limitaban el acceso al mercado a unos pocos inteligentes y mentalmente fuertes, así todos ganamos más.

Siempre defendí que la selectividad masiva española era una memez y que cada escuela debería fijar su propios criterios de acceso, con las pruebas que estime oportunas: es su prestigio académico el que está en juego. Siempre habrá las de pagar y tengo – creo que Alberto y yo sabemos de una – pero la reputación no será la misma.

Eso sí, nunca he entendido el sistema de notas, aunque es mejor eso que la mecánica modernilla del «necesita mejorar» que lo que hace es que elimina toda meritocracia eliminando incentivos. Las notas numéricas no dejan de ser un rankismo en el que no se puede comparar a dos personas sometidas a jueces y entornos distintos. Por tanto cada escuela debe tener su forma de ponderar el mérito. Imposible con la masificación: hay más valor en someterse a un ejercicio de ensayo y su defensa pública tras un mes de «hard thinking» sometido a cincuenta lecturas esenciales que en reproducir los apuntes y que te pongan un siete.

En fin. La escuela y la universidad que conocemos son hijas del mundo industrial. Claro que lo de aquí es raro que se parezca a Universidad… leo cada tesis doctoral de estimulantes representantes del social media, que hay que ver.

Por supuesto, el sistema anglosajón de que cada universidad te hace su prueba de acceso (que también funcionaba hasta hace no mucho en los países del este) es la mejor opción. Lo comentábamos con Bianka en vivo el otro día, y no quedó plasmado su aporte… al que tú llegas sabiamente.

Al final es la universidad la que tiene que decidir si te acepta como alumno, incluso la que tiene que decidir si te acepta incluso becándote, es su prestigio el que está en juego, como bien dices :)

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