Ad Astra

Tuve muchos nombres que ya nadie recuerda

Llevo toda la vida pensando que una bancarrota es una catástrofe, que sume a las personas en la miseria y les hace perderlo todo, disparando todo tipo de desórdenes que dan lugar, en ocasiones, al caos absoluto. Un error, claro. Por carencias como ésa no soy ministro alemán de economía. Y es que, una de dos: o soy de ésos con un lóbulo frontal en baja forma o, todo lo contrario, éste se extralimita en sus funciones y por eso me empeño en hacer una lectura irónica de la bancarrota ordenada griega que éste señor ve como algo posible y, para más inri, parece no ser tan terrible como una bancarrota cualquiera. Se intuye de sus palabras, si no me equivoco de nuevo (que todo puede ser), que para quienes usan la misma divisa que el sujeto que se arruina (eso sí, ordenadamente) podría ser hasta bueno.

Esta mañana para buscar un post llegué a mi lector de feeds y marqué la opción de que me mostrase todos los feeds, y no únicamente aquellos en los que tengo posts sin leer (que es como lo tengo habitualmente). La inesperada consecuencia ha sido que me muestre feeds de blogs cuyo post más reciente tiene, en algunos casos, 5 y 6 años. Y me he preguntado cuánto dura un blog. Aunque hubiera vicisitudes bloggísticas (que contempladas ahora se ven un poco pueriles, admito) no me planteo en ningún momento dejar de escribirlo. Como decía el Tote, «no escribo en el blog, el blog me escribe». Y entonces me pregunto: ¿cuánto dura un blog y por qué se seca? ¿Dónde fueron a parar los posts que sus autores dejaron de escribir pasado un tiempo?

Hoy es uno de esos días en que la blogosfera tecnológica sobrecoge de aburrimiento, ya saben, por la dimisión del ex-consejero delegado de Apple, Steve Jobs. ¡Qué le vamos a hacer, no puedo compartir el tono ñoño de la mayoría de post que no he leído porque sólo de leer los melosos «gracias, Steve» ya notaba subir la glucosa en sangre. ¿Steve? ¡Steve? Qué manía por acercarse mediante el lenguaje a personajes de los que uno no podría estar más alejado. Y no, no dudo que el kioskero, el encantador de serpientes, ese hombre pegado a un turtleneck (eh, también parece tener muchos nombres que ya nadie recuerda), sea todo un líder (no sé sí es capaz de ser más listo que todos los ecologistas sin siquiera saberlo, pero bueno). En todo caso, pero recelo (y mucho) de los acólitos que adoran no sus logros sino su éxito como quien dice «cómo mola 50 Cent» pensando en armas, coches de lujo y tías buenas.

Imaginen un Estado en el que un ebook (tanto el cacharro físico como el libro en formato electrónico) o la música (tanto en formato CD como en digital) tienen más del doble de iva que comprar una vivienda en propiedad. Y ahora imaginen que en mitad de la mayor crisis que se puedan imaginar, en lugar de favorecer la innovación, todo lo que se promueve es precisamente ahondar esa diferencia de IVA, lo cual es recibido con palmas por los aspirantes a beneficiarios de tan conservadora medida. Gonzalo diría que se trata de una curativa dosis contra la mierda de toro; y tiene toda la razón.