Ad Astra

Tuve muchos nombres que ya nadie recuerda

Imaginen un Estado en el que un ebook (tanto el cacharro físico como el libro en formato electrónico) o la música (tanto en formato CD como en digital) tienen más del doble de iva que comprar una vivienda en propiedad. Y ahora imaginen que en mitad de la mayor crisis que se puedan imaginar, en lugar de favorecer la innovación, todo lo que se promueve es precisamente ahondar esa diferencia de IVA, lo cual es recibido con palmas por los aspirantes a beneficiarios de tan conservadora medida. Gonzalo diría que se trata de una curativa dosis contra la mierda de toro; y tiene toda la razón.

Yet Another Gold Statue of Turkmenbashi
[Foto: Yet Another Gold Statue of Turkmenbashi, por Blogjam.]

Gracias a Pere llego al blog de Tsvi Sadan (no, el mismo aclara que no es ese Tsvi Sadan), que nos cuenta que:

I am not against social networks per se, and I even consider them as assets. But I have not been convinced that joining social network services is the best way to maintain my social networks. I do not understand why one has to tell to the whole world even on an hourly basis what one does. This kind of obsession reminds me of a baby who is trying to draw the attention of the whole world around the clock. The focus is always on yourself!

Siendo cierto y todo eso, esto me ha hecho pensar, primero, en una conversa mantenida entre ayer y hoy en un post en Versvs y, segundo, en los life recorders, el estado último de la evolución de eso que pomposamente llaman life streaming. La gente no deja de hablar de ese momento en que habrá dispositivos que nos permitirán no sólo grabar toda nuestra vida en tiempo real sino almacenarlo: miles y miles de bytes precedidos por prefijos indómitos que antes, vaticinaban, cabrían en el bolsillo y ahora seguro te prometen enviar a la nube.

Pensé que superado un duty cicle umbral del 50% de grabación de nuestro día a día ya no será posible grabar y ver todo lo grabado, que ese umbral baja hasta un 33% si queremos dormir ocho horas (y no queremos vernos, en video, durmiendo durante esas ocho horas) y que si además queremos hacer algo más en la vida (comer, ducharnos, trabajar, hacer la compra –¡aunque sea por Internet!–) ese umbral baja aún más, y si no queremos ver nuestra propio video de nosotros mismos escribiendo un Twit o jugando a la granjita de marras, ¡aún nos vamos más abajo! Esto del life recording está resultando ser un auténtico bluff, ¿no?

Y si le sumamos actividades sociales (sociales a la vieja escuela, presenciales, digo: podéis volver sobrios esta noche a casa pero un día, dentro de muchos años, entregaréis al diablo los años que os queden de vida por una oportunidad, una sóla, de salir esta noche a gatas de vuestro antro preferido) la métrica se nos va al carajo de forma inevitable. A menos, claro está, que lo que pretendamos no es ser sociales, sino todo lo contrario: rodearnos de un espejo de feria que deforme nuestra imagen para así vernos en todas partes a todas horas, con la ansiedad de un Turkmenbashi cualquiera. Sí, acabo de encontrar el título para este post: el síndrome de Turkmenbashi.

Pensé, con un punto de naïveté, que no sé cuándo pretenden detenerse un minuto siquiera, para ver de nuevo esa grabación. No sé, uno es un antiguo y tiende a pensar que estas cosas tenían una razón de ser; y que ésta era servir para recordar, más adelante, algún buen momento.

Pero enseguida entendí que eso no está en la hoja de ruta. El objetivo es torturar al resto del mundo: antes se aprovechaba el café para entretener a la vista con álbumes de fotos amarilleadas por el tiempo («y mira ésta de su cumpleaños», «y mira ésta de su primera comunión», «y mira…» ad eternum). Las nuevas generaciones, represaliadas por sus mayores, aprendieron la lección y no se molestarán en abrir el álbum. Colgarán el video, fragmentado en trozos de 140 fotogramas (por todos los dioses, el twitube, una idea de futuro) para que lo vea todo aquel que haya desistido de, como decía Camus, «pasar la vida entera intentando demostrarnos que nuestra existencia no es absurda» para hacer gala precisamente de eso que todos querríamos ocultar a toda costa.

Y dejo esto escrito eso sin llegar a afirmar, ya me libraría yo, que este blog no sea otro de esos sumideros donde van a parar, exhaustas, las palabras que quedaron sin fuerzas para dar un solo paso más a ninguna parte; for if the trolls, quehaberloshaylos. Y venga ya, no se pongan así, que lo digo todo de buen rollo.

Cuenta Rinze que a su aterrizaje en Boston, le sorprendió sobre todo que:

Una de las primeras cosas que hice fue intentar vislumbrar pruebas de esa nueva epidemia de los pobres de la zona: la obesidad. Un tercio de la población adulta y un 17% de la población infantil la sufre. Y la cosa no ha hecho más que ir a peor en los últimos años, en una tendencia que no da signos de ir a aminorar la marcha.

Mucho más al sur, cuando la presentación de Bazar en Rancagua nos llevó a cruzar los Andes pudimos ver lo mismo: una plaga de niños obesos.

En un reciente post, David Friedman argumentaba que no es que comer sano sea más caro, sino que la gente con mejor formación gasta su dinero con mejor criterio. Vamos, que los pobres son gordos no por falta de dinero, sino por falta de conocimiento y formación (en este caso, nutricional).

Entiendo que es simplista pensar que el único criterio que importa a la hora de alimentarse bien es la cartera, pero no lo es menos obviar que ese factor tiene un rol. La formación ayuda, claro, comer más vegetales no es realmente caro, y ya es un avance. Pero resulta innecesario aclarar la diferencia entre comer carne carne y comer casquería; las diferencias van más allá del paladar. Y si nos vamos a los frutos del mar, los precios del pescado de calidad son abismalmente altos en comparación con lo demás.

Friedman simplifica demasiado. En el mejor de los casos, la obesidad no estaría indicando pobreza sino carencias de formación convertidas en mal endémico: estancamiento social y falta de opciones para mejorar tu situación vital.

De lo que se deduce que aunque uno tiende a dar por sentado que en Boston sí hay ese ascensor social que en Chile está ausente, igual no existe o no funciona para mejorar la calidad de vida de todos.

En Chile el cooperativismo está muy dañado por la falta de estructuras sociales básicas, y en Londres los saqueos recuerdan a los vividos hace un par de veranos en aquella larga y angosta franja de tierra.

Desconozco cómo las gastan en Boston o Londres, pero quizá es cuestión de tiempo que aparezca un Evergreen en esas ciudades. [[Descomposición]] social tienen a tope.