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Audiovisual de la nostalgia

Downton Abbey es una serie que hace 5 minutos no conocía y que, leído lo leído, no tengo ningún interés en ver. En The Guardian hay un artículo sobre la misma del que me ha llamado la atención este párrafo:

And let’s not kid ourselves that what we’re broadcasting to the world here is great drama. What we’re actually exporting is nostalgia, an unhealthy obsession with class, and a peculiarly dusty form of conservatism. It turns out that people can’t get enough of these things.

Las negritas son mías. Serie con ambientación de época (ya sabemos el éxito que tienen en todas partes ese tipo de relatos) y en la que se destila nostalgia conservadora por una época dorada (de lo británico, en este caso concreto).

Lo cual me lleva a pensar la obsesión estadounidense por filmar películas y series ambientadas en las décadas de 1930-60 del siglo pasado: ese momento en el que eran líderes absolutos del mundo, más aún tras el final de una segunda guerra mundial que dejó a Europa cubierta de cenizas y a Rusia muy cauta ante la desventaja militar (nota: bomba atómica) adquirida y de la que tardó una larga década en reponerse parcialmente.

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Rigor periodístico

Rigor periodístico

La imagen que acompaña a esta entrada es una captura de pantalla de lo que pueden ver ahora en portada de un conocido periódico global (ay, que me LOL) en su edición digital.

Hoy, en el curso de rigor y ética periodística he decidido subrayar el dato verdaderamente importante, ya que el redactor se dejó llevar por la batseñal para periodistas que consiste en proyectar números sin explicarlos para que los profesionales del periodigno los regurgiten sin criterio.

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La parábola de los vendedores de helados

La parábola de los vendedores de helados se me ocurrió pensando en algunas cosas que he leído esta semana sobre Sicavs. Creo que hay mucha confusión sobre qué es eso, y no culpo a nadie porque todos tenemos muchas cosas que no entendemos. Creo, no obstante, que ante ese desconocimiento general lo recomendable es ser prudente.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que una «Sicav» es una inversión. Como toda inversión, es dinero «gastado» con el que esperas ganar más dinero. Esa rueda del ganar (o perder, pero bueno, imagino que si se hace bien se gana algo) sigue girando de forma indefinida, pero en el momento que decidas recoger beneficios (esto es, coger ese dinero en el caso de que se cumpla tu plan y efectivamente ganes dinero) para gastarlo en otra cosa (unas vacaciones, una tele, un coche, o ropa, que da igual) el Estado te cobra impuestos como por cualquier otro ingreso/beneficio que tengas (no me refiero al IVA derivado de la compra en sí, sino de los impuestos que te cobra el Estado por todo lo que ingresas, como IRPF).

Dicho esto, me ha parecido muy hilarante la discusión en torno al tema esta semana con objeto del descubrimiento de un político aparentemente contrario a estas cosas al que han cogido, ejem, con su dinero invertido en una cosa de éstas. Desde el principio me hizo plantearme la situación en términos de escenario ¿ficticio? Y como en estas latitudes el verano ya acaba de entrar, vamos a hablar del producto estacional estrella de esta época: los helados.

Sean dos personas adultas que no están de acuerdo en lo ético de vender helados. La persona A piensa que están inventados, que no se puede evitar su invención y que no es lo mismo que vender balas, y la persona B piensa que inducir al consumo elevado de azúcar con la influencia de este consumo en términos de diabetes, obesidad, y otros desequilibrios metabólicos sencillamente no es ético.

En adelante, se puede ver a la persona A empujando su carrito del helado, que para eso es perfectamente legal, y además ya dijo que le parecía bien mantener ese status de legalidad. El problema viene el día en que encontramos a la persona B empujando… un carrito de helados.

Y las risas se desencadenan cuando se monta una campaña absolutamente vergonzante en la que se nos dice que esta persona B tiene una posición de superioridad moral a la persona A porque ha dimitido por vender helados mientras la persona A sigue ahí día a día, lucrándose con la herramienta preferida del diablo para convencerte de que hoy no vayas al gimnasio a quemar calorías, sino que te quedes en el sofá acumulándolas.

Como verán, no he entrado a decir si vender helados es bueno o malo. Entro a evaluar la honestidad de ambas personas A y B, la correlación entre su discurso y sus hechos. Entendamos que en esa honestidad (o carencia de) hay al menos una pizca de ética (o carencia de).

Ante esta circunstancia, la persona B afirma que va a dejar de vender helados porque… ejem, porque le han cogido con el carrito del helado. Lo curioso viene cuando se empeña en convencernos de que su posición es más ética (porque él ha dicho públicamente que va a dejar de vender helados) que la de la persona A (que seguirá vendiendo helados, que por cierto es lo que dijo desde el principio).

Vale la pena analizar cuál de las dos personas de este ejercicio ficticio no ha estado a la altura de lo que predicaba. Y es posible que la persona B salga mal parada. Podemos distraer la atención hablando de lo malo que son los helados y cómo se nos ha abierto el tercer ojo y hemos visto la luz y ya no vamos a venderlos. Pero es poco convincente. Lo más probable es que, de hecho, el único motivo por el que hemos dejado de vender helados es porque nos han pillado.

Eso sí, a dar lecciones de superioridad moral no nos ganará nadie, aunque los helados no siempre sean tan malos ni tan feos ni tan nocivos como los pintan. Podemos, además, dejar de hablar de helados y hablar de Sicavs. Pero no tengo ganas de trolleos.

El dinero contamina: limpita tu alma aquí

Eso sí, a todos los que piensan que el dinero es la fuente de los malos últimos del universo y que las Sicavs son malas malísimas, les recomiendo que sean majos y la próxima vez que nos veamos me paguen por lo menos una birra (2 euros, si es que no hay nada más barato); es superfácil hacerme feliz y si me explicáis el motivo de la invitación, podemos seguir el debate en vivo.

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Twitter as a portal

Voy a la web de Twitter poco, pero hoy he ido y lo que he visto justo al iniciar sesión me ha sorprendido.

Aquí una captura de pantalla:

Twitter as a portal

Hace como un par de semanas me preguntaron si quería seguir el mundial de fútbol, y decliné la invitación dándole a la «X». Lo importante no es ya que Twitter tenga el síndrome de la Gestapo à la Youtube (y que cuando le respondes que no, te vuelve a preguntar hasta que digas que sí) y que me vuelva a enseñar una información que ya rechacé ver.

Lo llamativo es que Twitter, indeed, me oferte ver una sección especial al iniciar sesión, y que lo meta en mi página principal (donde voy a leer lo que otros han escrito recientemente) para darle visibilidad por encima de otros elementos.

Se siente muy portal de los años 90. No es que no supiéramos que Twitter es un medio y que los periodistas que lo auparon terminarán por arrepentirse de lo que hicieron, pero este elemento me parece especialemente disonante en esa web.

O quizá no, y entonces estaremos llegando a alguna conclusión interesante.

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Snobismo 2.0

Protagonizado por el inefable John Gruber:

Someday, you’re going to want to be able to say, “I’ve been using Vesper since back when it was only for iPhone.”

Gruber es listo, y capta bien la aspiración pretenciosa de mucha gente. Es la misma pretenciosidad de esos modernos a los que si mencionas un grupo de música irremediablemente responderán que ellos ya lo conocen, aunque el grupo sea falso y no exista.

Recuerdo cuando se rumoreaba que la salida de Instagram para Android conllevaría la ruina para el servicio en forma de pérdida de la calidad de las fotos, porque «Android sólo lo usan teléfonos de gama baja con cámaras malas» (que usa la gente pobre, es el implícito que no se atrevían a señalar explícitamente). ¡Instagram! Ese templo de puestas de sol quemadas y retocadas hasta el aburrimiento precisamente para que no se vea que tu foto es, en efecto, una porquería.

Todo es lo mismo y uno: pose, pura pose pretenciosa. La pose del cultureta y la del early adopter elitista, unidas en lo más íntimo de su carácter detestable.

Por otra parte, me he acordado de otro someday diferente, al que quizá alude Gruber como diciendo «te estoy perdonando la vida, te estoy dando la ocasión de presumir de early adopter en el futuro».

Someday, and that day may never come…

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Emporios mediáticos y tontería (de uno y otro lado)

Que esa parte de la población que se autodefine indignada y quiere una completa reformulación del sistema de abajo a arriba jalee la programación de La Sexta mientras esa otra parte de la población que no se autodefine como nada pero tampoco está por la labor de reformular nada en absoluto jalea a Antena 3 sólo es algo absolutamente degustable cuando uno no tiene televisión en casa, y cuando además comprende que ambos grupos de tertulianos (los que trollean en la tele en un sentido u en otro, en cada una de esas dos emisoras) están pagados por la misma cartera (que por cierto es la misma que paga la nómina de quienes hacen el diario La Razón, tan denostado por los mismos que jalean todo lo que sale por La Sexta). Y que Antena 3 ha encontrado la fórmula mágica de la paz eterna orwelliana: decirle a cada uno de esos dos grupos poblacionales lo que quiere oir, sin estar dispuesto a que nada cambie (sopena de arriesgar su status de poder decir a cada uno lo que quiere oir), pues en ello les va la supervivencia como negocio. «Y con las cosas de comer no se juega», que estará pensando el señor Lara.

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La UEFA y las normas que incitan a los clubs a endeudarse más

UEFA

Leo en El País acerca de las sanciones que la UEFA está cursando contra diversos clubs de fútbol europeos:

La normativa establece que los clubes no pueden sumar más de 45 millones de pérdidas en las dos últimas temporadas a menos que se acredite que responden a una mejora de las infraestructuras.

Dado el caso de un gestor no propietario de un club endeudado y sin visos de volver a números negros, ¿qué es lo que está incitando esta normativa? Exacto: que se acometa una inversión enorme en infraestructuras que permita evadir la sanción y seguir huyendo hacia adelante.

La UEFA es una de esas autoridades autoproclamadas que se arrojan para sí todo el control del mercado del fútbol en el ámbito continental. Tiene sus propias normas y hasta sus propios tribunales deportivos, una suerte de justicia paralela en la que se dirimen las cosas sin tener que acudir a la via tradicional.

Diseñar normas para regir a las personas jurídicas es harto complicado (pues a menudo no existe más sanción que la económica, como bien explicó Bruce Schneier en Liars & Outliers), y la UEFA seguramente tiene un largo aprendizaje por delante. En este caso concreto, una mala solución que pretende aumentar la competitividad de los clubs con menor financiación puede tener consecuencias disparatadas, como una nueva burbuja de infraestructuras deportivas dentro de los afectados por la misma.

Imposible no mencionar que en los últimos meses Real Madrid y Barcelona han anunciado inversiones millonarias en nuevos estadios.

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